NO SON BANDERAS, SON TRAPOS

En el Paseo de la Historia de Santo Domingo Este, lo que debería ser un espacio de orgullo cívico y memoria patriótica se ha convertido en un triste espectáculo de abandono. Las banderas nacionales y las de la propia alcaldía cuelgan destrozadas, desteñidas, rotas por el viento y el descuido. Ya no ondean con dignidad: son trapos. Trapos que hablan más claro que cualquier discurso oficial sobre el estado real de la gestión municipal.

El deterioro no es un detalle menor. Una bandera en mal estado en un lugar público dedicado a la historia y a los símbolos de la nación es una afrenta visual y simbólica. Dice que nadie se ocupa, que el mantenimiento básico no es prioridad, que el respeto por los emblemas patrios se ha relegado a un segundo o tercer plano. Mientras se anuncian presupuestos participativos y obras comunitarias, en uno de los espacios más visibles y emblemáticos del municipio las insignias nacionales se deshacen sin que nadie las cambie a tiempo.

No se puede exigir demasiado a un alcalde cuyas prioridades diplomáticas y gestos públicos han incluido el acercamiento al embajador de Israel y el reconocimiento a portavoces de las fuerzas de defensa israelíes en medio de la devastación en Gaza. Quien elige ese camino de alineamiento durante su gestión difícilmente va a sentir como propia la sensibilidad patriótica dominicana más tradicional. El respeto por los símbolos de la República Dominicana parece no estar en el centro de su agenda.

Sin embargo, el abandono de las banderas no es solo responsabilidad del alcalde. Los regidores del Concejo de Regidores de Santo Domingo Este tienen la obligación de fiscalizar y exigir. Cualquier ciudadano que aún conserve un mínimo de sentido patriótico debería alzar la voz. Reclamar que se cambien las banderas deterioradas, que se limpie y se mantenga el Paseo de la Historia con el respeto que merece, no es un acto partidario: es un acto de dignidad mínima.

Las banderas no son adornos. Son símbolos. Cuando se convierten en trapos colgados a la intemperie, el mensaje que reciben los vecinos, los visitantes y las nuevas generaciones es demoledor: aquí la patria también está abandonada.

Exigir que se actualicen y se cuiden no debería ser una batalla ideológica. Debería ser lo mínimo. Porque si ni siquiera somos capaces de mantener en buen estado las banderas de la República en un paseo que lleva el nombre de la Historia, ¿qué queda de la historia que pretendemos honrar?

No son banderas.
Son trapos.
Y el silencio ante ellos también es una forma de abandono.

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