En la noche del domingo 7 de diciembre de 2025, los balcones y ventanas de Ciudad Juan Bosch, en Santo Domingo Este, se convirtieron en un coro de indignación. Residentes de todas las edades salieron con ollas, sartenes y cucharas en mano, golpeando con furia contenida en un cacerolazo masivo que resonó como un grito colectivo de frustración. No era una protesta cualquiera; era el desahogo de una comunidad que, por más de dos días, ha estado sumida en la oscuridad de la sed. La Corporación del Acueducto y Alcantarillado de Santo Domingo (CAASD) les había prometido que el corte de agua sería solo por el sábado, debido a un mantenimiento rutinario de equipos. Pero el sábado se extendió al domingo, y el lunes amaneció igual: grifos secos, tanques vacíos y una promesa rota que ha convertido el hogar en un campo de batalla diaria.
Ciudad Juan Bosch no es una urbanización cualquiera. Es un proyecto emblemático, concebido como un modelo de modernidad y autosuficiencia, donde la planificación urbana prioriza la eficiencia para garantizar que el agua fluya sin interrupciones. Bajo esa visión utópica, se les prohibió a los edificios instalar tinacos propios, con la justificación de que el sistema centralizado sería infalible: una red diseñada para que nunca falte el líquido vital. «Aquí se suponía que viviríamos en el futuro, no en la era de las colas por cisternas», dice una residente en videos que circulan por las redes, mientras muestra su cocina convertida en almacén de botellas plásticas. Esa prohibición, que en su momento se vendió como un avance ecológico y práctico, hoy se revela como una trampa cruel. Sin reservas alternativas, la familia entera depende de un suministro que, en lugar de ser eterno, se evapora en excusas técnicas y cronogramas incumplidos.

La CAASD, en su comunicado previo, fue clara y tranquilizadora: el cambio de equipos afectaría solo unas horas del sábado, un trámite menor para mejorar el servicio a largo plazo. Pero lo que se presentó como una «afectación mínima» se ha prolongado en un calvario de 48 horas y contando, dejando a miles sin agua para cocinar, bañarse o simplemente lavarse las manos en medio de una ola de calor que no perdona. Madres con niños pequeños, trabajadores exhaustos al final del día, ancianos que apenas pueden cargar botellas: todos pagan el precio de esa subestimación. Las redes sociales arden con testimonios de vecinos que, desde el viernes, han visto evaporarse su rutina. «Nos dijeron ‘solo un día’, pero ya van tres. ¿Dónde está la dignidad en esto?», clama un usuario en X, resumiendo el sentimiento general de una comunidad que se siente traicionada por quienes juraron velar por su bienestar.
Este no es un incidente aislado; es el clímax de una saga de desatenciones que ha marcado la vida en Ciudad Juan Bosch desde su inauguración. Protestas previas, visitas de funcionarios y promesas de soluciones han sido el pan de cada semana, pero el agua sigue siendo un lujo intermitente. El cacerolazo de anoche no solo exigía el flujo inmediato del servicio —que, irónicamente, parece haber empezado a restablecerse tras el estruendo—; era un llamado a repensar el modelo entero. ¿Cómo puede un gobierno moderno prohibir reservas de agua en nombre de la eficiencia, solo para fallar en lo básico? Los residentes, unidos en su clamor, demandan no solo cisternas de emergencia, sino una auditoría real: ¿qué pasó con esos equipos que debían cambiarse en un parpadeo? ¿Por qué la CAASD, con presupuestos millonarios, no anticipa estos colapsos?
Al final del día, el eco de los cacerolazos en Ciudad Juan Bosch trasciende el ruido metálico: es el sonido de una confianza rota, de un sueño urbanístico que se ahoga en la sequía de la negligencia. Mientras el agua gotea tímidamente en algunos hogares esta madrugada, la pregunta persiste: ¿cuántas ollas más tendrán que golpear los vecinos para que se escuche que, en una ciudad pensada para nunca faltar, la ausencia duele más que la promesa incumplida? La pelota está en la cancha de la CAASD y las autoridades; ojalá que, esta vez, el clamor no se disipe en el silencio de otro «mañana».



