Abuso al Buen Gusto: El Capricho Trujillista de la Alcaldía de Santo Domingo Este


¿Qué se esconde detrás de la dizque «marca Ciudad» que invade las áreas verdes de Santo Domingo Este?

¿Solo vallas? ¿O hay algo más detrás de este derroche?

En Santo Domingo Este, lo único tangible que han dejado los inquilinos del cuarto piso en los últimos meses son vallas. Cientos de ellas, plantadas como hongos tóxicos en parques, rotondas y entradas municipales. Una supuesta “marca ciudad” que nadie pidió, que nadie consultó y que ahora cubre el paisaje como una erupción cutánea.

INDOTEL

Pero, ¿es esto solo un capricho estético?
¿O hay hilos más oscuros tejiendo esta tela de hierro y vinil? ¿A quién le han adjudicado la fabricación de estas estructuras?
¿Quién se ha beneficiado de las impresiones masivas y las colocaciones exprés?
¿Cómo se han repartido esos contratos, con licitaciones abiertas o a puerta cerrada?
Y lo más grave: ¿está la Alcaldía autorizada para invadir así los espacios públicos y las áreas verdes, o hay leyes que lo prohíben de manera clara e inequívoca?

Estas preguntas no son retóricas. Son el eco de una ciudadanía que paga impuestos para ver sus pulmones verdes convertidos en cartelera de ego. Vamos a desmenuzarlas, porque en la opacidad de los procesos públicos se esconde lo que realmente contamina: no solo el paisaje, sino la confianza.

¿Capricho puro… o algo que huele a favoritismo?

Admitámoslo: imponer una marca visual en cada esquina podría ser, en el mejor de los casos, un capricho de oficina con vista al mar. Un intento torpe de “modernizar” sin molestarse en encuestas, focus groups o diseños que no parezcan sacados de un catálogo de los 80. Pero cuando el gasto podría superar facil los 30 millones de pesos —cifra que susurra entre proveedores y que nadie en el cuarto piso se atreve a confirmar—, surgen dudas razonables. ¿Por qué no invertir en algo que se vea, como calles pavimentadas o parques sin basura? ¿Es solo vanidad, o un mecanismo para canalizar recursos hacia aliados convenientes?

Nadie ha visto un desglose público de los contratos. ¿Quién fabricó esas vallas de metal y luces LED? ¿Empresas locales con historial impecable, o firmas que han aparecido de la nada con facturas infladas? Las impresiones —toneladas de vinil chillón— ¿fueron a una imprenta amiga, con sobreprecios por “urgencia”? Y las colocaciones: ¿se pagaron a «servicios prestados» o a manos invisibles que no firman planillas? Cumplen la Ley todos estos procesos o son opacos como ya nos tienen acostumbrados?.
Aquí, el silencio es ensordecedor. ¿Se adjudicaron por licitación abierta, con postores compitiendo en igualdad? ¿O por “emergencia” administrativa, esa cláusula que siempre parece justificar la falta de luz?

Estos interrogantes no acusan; cuestionan. Porque cuando los recursos fluyen sin rendición de cuentas, podrian haber beneficiados: no el municipio, sino bolsillos selectos.
Y mientras tanto, los baches siguen engullendo autos, y la basura —irónicamente..

Invasión de espacios públicos: ¿Autorizados… o en franca violación?

Aquí entramos en terreno firme: la ley no miente. La Alcaldía de Santo Domingo Este no tiene carta blanca para talar árboles, ocupar aceras y plantar mamotretos en áreas verdes. La Ley 63-17 de Movilidad, Transporte Terrestre, Tránsito y Seguridad Vial —en su artículo 158 y regulaciones asociadas— exige permisos explícitos del INTRANT para cualquier publicidad exterior en vías urbanas, y prohíbe estrictamente su colocación en zonas sensibles. Eso incluye postes, jardines públicos, cinturones verdes y ríos con zona de protección —como el Ozama y la avenida Ecológica, precisamente donde han aparecido estas vallas.

Más aún: el Decreto 183-93 crea el Cinturón Verde de Santo Domingo, prohibiendo asentamientos, actividades productivas o invasiones en franjas de conservación. Y la Resolución 46-99 del Reglamento Municipal sobre Publicidad Exterior veta afiches, vallas o propaganda en espacios no permitidos, bajo pena de retiro inmediato y multas. En el propio Santo Domingo Este, gestiones anteriores han tumbado vallas ilegales por “ocupar jardineras y áreas verdes”, aplicando “la ley en la mano” y ganando juicios contra infractores.

Entonces, ¿dónde está el permiso para esta invasión masiva? ¿Pasó por el Ministerio de Medio Ambiente, que ya investiga ocupaciones en la avenida Ecológica por falta de autorización ambiental? ¿O es que, como en el caos visual que sepulta la capital, la permisividad de las autoridades locales permite que el “ruido visual” se convierta en norma? Si no hay estudios de impacto ni notificaciones previas, esto no es modernización: es transgresión.

Mas de Treinta millones convertidos en capricos narcisistas: ¿Para qué, y para quién?

Las estimaciones siguen flotando: mas de 30 millones o más en vallas y mantenimiento, incluye el evento de lanzamiento que tiró a la calle de forma desregulada millones en publicidad a medios y redes. Recursos que no figuran en partidas claras del presupuesto municipal, que no pasaron por el escrutinio de la Cámara de Cuentas —al menos no públicamente— y que podrían haber iluminado barrios enteros o pagado salarios atrasados a recolectores de basura. En auditorías pasadas al cabildo, se han hallado deudas pendientes con proveedores por cientos de millones, reconocidas como “deuda pública” solo al final del mandato. ¿Repetiremos la historia?

¿Es capricho? Posible. ¿Es negligencia en la planeación? Probable. Pero cuando los contratos se adjudican sin competencia real —como se denuncia en compras públicas a nivel nacional, con abusos de “adjudicación directa” que evaden licitaciones—, el derroche huele a algo peor: a un sistema donde unos pocos cosechan lo que todos sembramos.

Un Trujillato Peligroso, una Muestra de Abuso Superlativo

Esto no es una marca ciudad. Es un recordatorio de que el poder temporal corrompe el espacio permanente.
Los inquilinos del cuarto piso nos deben respuestas: ¿Quién fabricó? ¿Quién imprimió? ¿Cómo se adjudicó? ¿Y por qué invadir lo que la ley protege? Santo Domingo Este no es un lienzo en blanco para experimentos caros; es nuestro hogar, con áreas verdes que oxigenan y calles que merecen más que carteles.

Respeten la ley. Respondan: ¿capricho, o cálculo? Porque mientras tanto, la ciudad —nuestra ciudad— sigue sumida en el caos visual y presupuestario.

COMSESO S.R.L.

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